Román Villeg, en su séptima obra literaria, nos ofrece cincuenta cuentos de variada extensión. La mayoría tiene por motivo conductor los aromas femeninos en diferentes manifestaciones. Las narraciones, conjugan eventos de drama o comedia y no tragreden los límites de la sensualidad y el erotismo, permitiendo al lector incorporar imaginación y/o experiencia para complementar el texto, expandir el contenido inicial o sugerir otros desenlaces.
EL CAFÉ DESTRUYE EL CORAZÓN
Artemio fue sorprendido por un desconocido que, sin saludo previo, le obsequió, a un jubilado como él, una bella tarjeta con sugestiva imagen femenina y canjeable por un café, en un local cercano.
Guardó, con temblor y calma, la tarjeta en el bolsillo camisero. Buscó al desconocido para darle las gracias y, al no encontrarlo, trató de ordenar sus ideas referidas al agradecimiento y siguió por la calle arrastrando sus pasos setentones.
En el centro médico, los brillantes y pulcros instrumentos entregaron al cardiólogo los argumentos cuantitativos suficientes para que don Artemio disfrutara, con las precauciones necesarias, de otros seis meses de cardiaca tranquilidad.
Terminado sus trámites clínicos, don Artemio recordó la tarjeta incorporada a su bolsillo. Sus lentes ópticos facilitaron su lectura y, una vez orientado, tomó la calle correcta para ir al encuentro del café que le esperaba.
Una cordial señorita recibió la impecable tarjeta, a cambio de la cual le fue entregada una pequeña taza de aromático café. Aspiró con agrado la fragancia tropical, agregó azúcar con la minúscula cuchara y, al mismo tiempo que revolvía, aprovechó de observar el entorno que acababa de descubrir.
Todas las señoritas del local lucían transparentes y minúsculas pecheras, que hacían innecesaria la imaginación. Las fatigadas pupilas de don Artemio se dilataron más de lo habitual, el corazón alteró su ritmo rutinario y sintió un repentino calor ya olvidado. Con nerviosismo consumió los tres sorbos que le quedaban y se dispuso a salir del local.
Agradeció con toda sinceridad la atención recibida y, antes de dar dos pasos hacia la salida, un joven de mal carácter y evidente corpulencia le manifestó secamente que el primer café era gratis y que, antes de salir del local, debía hacer el gasto sirviéndose otro café. Su corazón se sobresaltó. Para evitar el bochorno de la vergüenza ante personas desconocidas, volvió al mesón y pidió un "capuchino".
La cafetinera, muy atenta, le dio la espalda para digitar el valor del consumo en la caja registradora. Fue la última observación de los desorbitados ojos de don Artemio. Una cinta roja bajaba desde la cintura hasta perderse entre la perfecta blancura de los glúteos de la joven señorita que le sirvió el mejor café de su vida y que su corazón taimado no le permitió saborear. Román Villeg
ECLIPSE TOTAL
Después de almuerzo, él sacaba su medio centenar de ovejas y se dirigía a los pastizales naturales de las vegas al otro lado del cerro. Su mujer quedaba con su aves y quehaceres campesinos, que evitaban la compañía de la pobreza.
Ambos poseían el vigor que los hacían eficientes en acciones diurnas y nocturnas. La ausencia de sus hijos que estudiaban en un internado de la ciudad cercana, les permitía disfrutar de lunes a jueves de intimidades de alcoba con entera privacidad y libertad. Los viernes en la tarde llegaban los hijos, y hasta el desayuno del lunes constituían una familia perfecta.
Las ovejas estaban condicionadas por el sol, aunque estuviera nublado. Cuando el astro se perdía en el horizonte, los animales se reagrupaban y sin mediar orden de su amo iniciaban el regreso a su establo. Ello se repetía con tal naturalidad, que el pastor nunca tuvo que dar instrucciones.
La rutina se alteró aquella tarde en que el sorprendido ovejero se percató que el cielo ausente de nubes comenzaba a oscurecerse. Las ovejas se reunieron e iniciaron el regreso ante la mirada atónita del amo sorprendido. No fue capaz de contradecir a la manada.
Cuando se asomó por entre los cerros, tuvo a la vista su vivienda y pensó en su mujer y la intimidad que compartirían. Un viento inesperado comenzó a enfriar su rostro y le acompañó hasta llegar al bajo.
Guardadas las ovejas obedientes, rodeó su vivienda y en ese momento sus oídos le informaron de los guturales jadeos y acompasados sonidos que emanaban del dormitorio. Ingresó por la cocina sin hacer ruido, empuñó el mismo cuchillo con que sacrificaba a las pacíficas borregas y, cual gato furtivo, avanzó decidido al dormitorio. Una atmósfera de emanaciones genitales le recibió Todo era paz en medio de la penumbra, cómplice de eclipse y cortinaje. La fuerza y sorpresa de la primera puñalada prácticamente desinfló a la mujer, quien cayó al piso al mismo tiempo que el pastor alzaba el arma y la descargaba con más fuerza aún, sobre el sorprendido varón que intentaba incorporarse. Eso fue todo, la pieza comenzaba a iluminarse mientras las ovejas balaban percibiendo el falso amanecer.
Sudado por el esfuerzo, el ovejero, sintió adolorida su diestra y con desprecio soltó la cuchilla que le sirviera como funesto puñal. No había llegado a la puerta cocinera, cuando el silencioso dolor, como de un trueno en el pecho, le derrumbó, bloqueando el ingreso.
Aún el sol no se desprendía totalmente de la luna, cuando la dueña de casa regresó del pueblo a donde había ido a buscar y entregar algunos productos. Encontró la puerta bloqueada...
Imaginativos periodistas apoyados por fundamentos policiales, reconstruyeron el argumento perdido de aquella tarde desdichada.
La pareja de jóvenes mochileros, fatigados de su viaje, se acercaron a la vivienda rural en busca de agua y descanso. Después que se cansaron de gritar para pedir permiso de ingreso, decidieron explorar la vivienda sin moradores. Les sorprendió el orden y pulcritud de sus dependencias. No pudieron dejar de compararla con la casa de los siete enanitos que visitó Blancanieves. Presumieron que en sus afanes laborales, los propietarios llegarían cuando cayera la tarde. Como aún era temprano y había agua en abundancia, decidieron bañarse, consumieron algunos frutos y luego decidieron descansar un tiempo prudente antes de salir al camino y seguir mochileando, Sin embargo, la vivienda no poseía los sillones de descanso que sus cuerpos deseaban, por tal razón se fueron a acostar semidesnudos en la cama grande, abrigados sólo por el calor ambiental. Durmieron lo que dura una buena siesta. Ya relajados se pusieron a juguetear en el lecho ajeno y sin mucho pensarlo decidieron aprovechar la oportunidad para hacer el amor con discreción y comodidad.
Y así seguía la información dando otros detalles del lugar y los personajes, sin embargo, nadie hizo referencia al eclipse total, ni menos se acordaron de las ovejas obedientes, que con su retorno anticipado, fueron las verdaderas causantes de la tragedia que eclipsó al mismo eclipse. Román Villeg
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