Secuelas 27 f 10 Tomé – Chile, es el sexto libro en órbita tomecina del profesor e investigador Rolando Saavedra Villegas.
Obra testimonial y documentada, que ofrece variadas informaciones, opiniones y reflexiones, generadas a partir del infausto momento 03:34.
La gama de temas abordados, se armonizan en perfecta conjugación de antecedentes científicos, sociológicos, cotidianos y anecdóticos, que estamos seguro activarán los recuerdos de quienes sobrevivieron aquella mañana de pavor.
Si Ud. no estuvo en el área del terramaremoto, era muy pequeño(a) o aún no había nacido, tendrá la oportunidad de formarse una idea más o menos general de lo acontecido, lo que será siempre un conocimiento parcial, asumiendo que nunca un sismo de dimensión telúrica y oceánica podrá ser comprimido en el formato de un libro, ni siquiera en una enciclopedia.
Es de implorar y desear que el territorio en que navega nuestra existencia, por un tiempo más que prudente y extenso, manifieste respeto hacia la vida y nuestras obras, que el mar se mantenga en su lugar y que de ningún modo se vuelva a repetir el sismo social.
Obra testimonial y documentada, que ofrece variadas informaciones, opiniones y reflexiones, generadas a partir del infausto momento 03:34.
La gama de temas abordados, se armonizan en perfecta conjugación de antecedentes científicos, sociológicos, cotidianos y anecdóticos, que estamos seguro activarán los recuerdos de quienes sobrevivieron aquella mañana de pavor.
Si Ud. no estuvo en el área del terramaremoto, era muy pequeño(a) o aún no había nacido, tendrá la oportunidad de formarse una idea más o menos general de lo acontecido, lo que será siempre un conocimiento parcial, asumiendo que nunca un sismo de dimensión telúrica y oceánica podrá ser comprimido en el formato de un libro, ni siquiera en una enciclopedia.
Es de implorar y desear que el territorio en que navega nuestra existencia, por un tiempo más que prudente y extenso, manifieste respeto hacia la vida y nuestras obras, que el mar se mantenga en su lugar y que de ningún modo se vuelva a repetir el sismo social.
MIS PRIMEROS TERREMOTOS
Mi primera experiencia sísmica fue al amanecer del 21 de mayo de 1960. El terremoto fue a las 6:02 hrs. Yo vivía en Portales Nº 613, a pocos metros de calle Buenos Aires, en Tomé. El día anterior había cumplido 10 años de edad. Desperté con el movimiento y la sonajera de las copas. Sobre mi cama cayó el busto de loza de don Bernardo O´Higgins, que estaba en la parte superior del estante de mis libros y cuadernos. Mi madre desde el primer momento dijo que había sido un terremoto. Pensé que eso sería todo, sin embargo vinieron luego las réplicas, algunas de ellas muy fuertes. La casa de madera que arrendábamos resistió sin problemas y regresamos pronto a ella, después de haber estado en la calle por un buen tiempo. Escuché que había muerto gente aplastada por sus propias casas.
Ese día se suspendió el acto patriótico de homenaje a las Glorias Navales, en conmemoración al Combate Naval de Iquique. En la tarde comencé a leer el libro que me había regalado mi padre: “Corazón” de Edmundo de Amicis.
Ese día se suspendió el acto patriótico de homenaje a las Glorias Navales, en conmemoración al Combate Naval de Iquique. En la tarde comencé a leer el libro que me había regalado mi padre: “Corazón” de Edmundo de Amicis.
Dormía de lo mejor el 22 de mayo, cuando desperté con el movimiento de mi cama. Estaba amaneciendo. Pensé ingenuamente que estaba soñando lo que ya había vivido el día anterior, sin embargo O’Higgins no me golpeó, se trataba de otro sismo. Era mi segundo terremoto, mucho después supe que había sido a las 6:32 hrs. Con eso ya era suficiente como experiencia, pero me esperaba el tercero. Ese lo experimente en la calle, lo vi, lo escuché y lo sentí en el cuerpo. Terminé sentado en el suelo en la calle Juan Ferrer, a poca distancia de mi hogar. Fue a las 14:55 hrs.
Tres grandes sismo para mis diez años recién cumplidos, eran demasiado. Ya estaba en mi casa cuando sentimos un gran temblor. Con el tiempo me enteré que ese fue el Gran Terremoto de Valdivia de las 15:11 hrs. Sin saber de adonde comenzó la propagación de un siniestro rumor; “el mar se iba a salir” “hay que arrancar a los cerros”. Nos dirigimos a Cerro Estanque para ponernos a salvo. Ciclistas evangélicos iban y venían de la playa para informar sobre el comportamiento del mar. Ese maremoto que sumergió Corral, Puerto Saavedra y otros lugares costeros, también afecto nuestras Bahías de Concepción y de Coliumo. Por si fuera poco, muchos años después, me enteré que también el maremoto había devastado Hawai y Japón, con muertes incluidas.
Con toda aquella información y experiencia en el cuerpo, no tuve dudas de lo que tenía que hacer cuando desperté a las 3:34 hrs del 27/F/10. Mi madre, ya fallecida, supo acompañarme en aquellos aciagos momentos de incertidumbre. A ella, que me enseñó a leer y escribir, dedico esta obra y expresó mi gratitud de hijo, tomecino y profesor.
Tres grandes sismo para mis diez años recién cumplidos, eran demasiado. Ya estaba en mi casa cuando sentimos un gran temblor. Con el tiempo me enteré que ese fue el Gran Terremoto de Valdivia de las 15:11 hrs. Sin saber de adonde comenzó la propagación de un siniestro rumor; “el mar se iba a salir” “hay que arrancar a los cerros”. Nos dirigimos a Cerro Estanque para ponernos a salvo. Ciclistas evangélicos iban y venían de la playa para informar sobre el comportamiento del mar. Ese maremoto que sumergió Corral, Puerto Saavedra y otros lugares costeros, también afecto nuestras Bahías de Concepción y de Coliumo. Por si fuera poco, muchos años después, me enteré que también el maremoto había devastado Hawai y Japón, con muertes incluidas.
Con toda aquella información y experiencia en el cuerpo, no tuve dudas de lo que tenía que hacer cuando desperté a las 3:34 hrs del 27/F/10. Mi madre, ya fallecida, supo acompañarme en aquellos aciagos momentos de incertidumbre. A ella, que me enseñó a leer y escribir, dedico esta obra y expresó mi gratitud de hijo, tomecino y profesor.
MOMENTO 03:34:14
En ese preciso momento comenzó el movimiento sísmico, que se calcula fue percibido por aproximadamente el 80% de la población del territorio continental chileno (13 millones de personas). Los 2 minutos y 45 segundos que duró el terremoto, bastaron para alterar no solamente la geografía sino que también para dejar profundas y dolorosas heridas emocionales y materiales en los sobrevivientes. Las aún flamantes agendas gubernamentales y personales fueron alteradas y deshojadas, hubo que comenzar todo de nuevo. Desde hacía medio siglo que la zona o región del Bío-Bío no vivenciaba una hecatombe de tan alta magnitud, en la que se confabularon la tierra, el mar y el comportamiento delincuencial de una minoría de personas que terminó afectando a la mayoría de ciudadanos honestos.
El suelo flameó como pañuelo en la despedida de febrero. Fue un largo y oscuro momento de pesadilla, que pasó a ser inolvidable, a pesar que nos gustaría borrar de la memoria aquellos inesperados bufidos telúricos, corcoveos sísmicos y murallones oceánicos.
El evento sísmico ocurrió en la frontera de las placas tectónicas Nazca y Suramericana, debido a una solapadura en la interfaz de ambas, con la primera terminando por debajo de la segunda. El sismo alcanzó una magnitud de 8,8 en la escala de Richter. El epicentro se ubicó en el Mar de Chile, frente a las localidades de Curanipe y Cobquecura cerca de 150 kilómetros al noroeste de Concepción y a 63 kilómetros al suroeste de Cauquenes. El hipocentro fue ubicado a 47,4 kms de profundidad bajo la corteza terrestre. Las víctimas del terremoto y tsunami, según cifras oficiales, fueron 521 muertos y 56 desaparecidos.
Fue 31 veces más fuerte y liberó cerca de 178 veces más energía que el devastador terremoto de Haití ocurrido el 12 de enero 2010. La energía liberada equivale a 100.000 bombas atómicas como la que explosionó en Hiroshima en 1945. Fue percibido en lugares tan distantes como Buenos Aires (Argentina) y Sao Paulo (Brasil).
El mismo 27 de febrero, después del terremoto hubo 70 réplicas en un lapso de 17 horas Las replicas sísmicas se fueron espaciando en el tiempo y disminuyendo en magnitud, sin embargo las replicas emocionales acompañaran a muchas personas durarante toda su vida.
El movimiento sísmico afecto la rotación de la Tierra haciendo el día más corto en 1,26 microsegundos e inclinó el eje terrestre en 2,7 milisegundos de arco, equivalente a 8 centímetros.
El área de ruptura alcanzó 600 kms aproximadamente, desde Valparaíso hasta la Isla Mocha.
El deslizamiento de interplacas alcanzó un máximo de 12 metros. En la ciudad de Concepción el desplazamiento medido fue de 3.7 metros.
El valor en daños materiales superó los 30 mil millones de dólares. El costo emocional de los sobrevivientes es inconmensurable.
El suelo flameó como pañuelo en la despedida de febrero. Fue un largo y oscuro momento de pesadilla, que pasó a ser inolvidable, a pesar que nos gustaría borrar de la memoria aquellos inesperados bufidos telúricos, corcoveos sísmicos y murallones oceánicos.
El evento sísmico ocurrió en la frontera de las placas tectónicas Nazca y Suramericana, debido a una solapadura en la interfaz de ambas, con la primera terminando por debajo de la segunda. El sismo alcanzó una magnitud de 8,8 en la escala de Richter. El epicentro se ubicó en el Mar de Chile, frente a las localidades de Curanipe y Cobquecura cerca de 150 kilómetros al noroeste de Concepción y a 63 kilómetros al suroeste de Cauquenes. El hipocentro fue ubicado a 47,4 kms de profundidad bajo la corteza terrestre. Las víctimas del terremoto y tsunami, según cifras oficiales, fueron 521 muertos y 56 desaparecidos.
Fue 31 veces más fuerte y liberó cerca de 178 veces más energía que el devastador terremoto de Haití ocurrido el 12 de enero 2010. La energía liberada equivale a 100.000 bombas atómicas como la que explosionó en Hiroshima en 1945. Fue percibido en lugares tan distantes como Buenos Aires (Argentina) y Sao Paulo (Brasil).
El mismo 27 de febrero, después del terremoto hubo 70 réplicas en un lapso de 17 horas Las replicas sísmicas se fueron espaciando en el tiempo y disminuyendo en magnitud, sin embargo las replicas emocionales acompañaran a muchas personas durarante toda su vida.
El movimiento sísmico afecto la rotación de la Tierra haciendo el día más corto en 1,26 microsegundos e inclinó el eje terrestre en 2,7 milisegundos de arco, equivalente a 8 centímetros.
El área de ruptura alcanzó 600 kms aproximadamente, desde Valparaíso hasta la Isla Mocha.
El deslizamiento de interplacas alcanzó un máximo de 12 metros. En la ciudad de Concepción el desplazamiento medido fue de 3.7 metros.
El valor en daños materiales superó los 30 mil millones de dólares. El costo emocional de los sobrevivientes es inconmensurable.
TRAGEDIA PARA NO OLVIDAR.
La impecable agenda, personal y colectiva 2010, fue alterada en contra de nuestra voluntad. Después de las 3,34 del 27 de febrero, estamos tres metros más cerca de Asia y Oceanía. Hemos aprendido términos nuevos sobre la Tierra y el mar. Por salud mental tendremos que aprender a olvidar pesadillas no soñadas. Se consolidan vicios en grupos minoritarios, sin embargo, siguen siendo mayoría las personas virtuosas, que con nobleza continúan dando muestras de solidaridad y altruismo. Tenemos nuevos héroes y heroínas, que desde el anonimato devuelven la fe en la humanidad.
Ajados pañuelos, empapados de mar y lágrimas, no son capaces de borrar el dolor de quienes perdieron a seres queridos, que fueron devorados por las viviendas que supuestamente los protegían o ahogados por el océano que regalaba peces y paisajes al hermoso litoral. Muchos puertos y balnearios se transformaron en tierra de mártires.
Contrariando nuestro Himno Nacional, el mar no cumplió la promesa de “futuro esplendor” con tantos compatriotas, cuyos nombres jamás lograremos memorizar y que ya sólo significan una cruel cantidad. No son víctimas anónimas, tienen identidad. Un memorial con sus nombres, es lo menos que debiéramos edificar para preservar su memoria y mitigar nuestra angustia.
Personas, edificaciones y lugares siguen heridos. El mar, tantas veces generoso, robó o destruyó viviendas, embarcaciones y fuentes de trabajo. Con esfuerzo y constancia se podrá recuperar algo de lo dañado o perdido. A muchos, ya no les queda suficiente edad futura como para hacer realidad sus esperanzas. Jamás recobrarán las extraviadas fotografías de momentos felices. La mayor bendición es comprobar que aún se vive y que somos parte de la buena fortuna de haber estado o no estado en determinado lugar en el infausto momento.
Somos sobrevivientes. Algunos aún no se han percatado de ello. Otros lo reconocen y expresan: “nos salvamos milagrosamente” o “la sacamos barata”. Se mezcla fe y sentido común, pero también nuestra sobrevivencia es resultado de la acción de muchos hombres y mujeres que en su oportunidad hicieron las cosas bien y con responsabilidad. Bendiciones a las madres que nos enseñaron que la sobrevivencia estaba en los cerros cuando hubiera un temblor fuerte o terremoto. Gratitud a carpinteros y albañiles cuyos muros, cimientos y viviendas resistieron o resultaron con daños leves. Honores a los profesionales que honran sus títulos.
El constructor de mi casa fue don Juan Concha, maestro autodidacta. Hace muchos años que falleció, sin embargo, después de aquella noche aciaga, cuando el despejado amanecer me mostró nuevamente mi hogar, no pude dejar de recordarlo y agradecer su obra que resistió los reiterados embates telúricos.
Ahora tenemos ciudades, puertos y poblados diferentes. Existe un antes y un después del sismo, maremoto y descontrol social. Comienza una nueva etapa. Videos y fotografías pueden testimoniar nuestro rostro perdido que nunca volverá ser igual. En su cinismo desmedido, el sismo nos dejó fachadas intactas y en el interior de las viviendas juntó muros paralelos de Este a Oeste.
Por alguna razón o sinrazón, el cascabeleo terrestre respetó a la mayoría de las casas que cuelgan de los cerros y se ensañó con los bienes colectivos, patrimoniales e industriales. Ya todo viaja al país de la memoria. Las continuas sacudidas extraviaron lápices y papeles. Hemos sido obligados a escribir una historia diferente a la que habíamos agendado para marzo y los meses venideros. El Bicentenario, ya no será una equívoca celebración de Independencia, sino uno más de nuestros tantos hitos sísmicos.
Familia, herencia, trabajo, amores… nos hacen compartir el lugar en que hemos resistido. Que la buena suerte reciba a quienes se han tenido que marchar, en estas inciertas circunstancias. La tragedia nos ha unido y hasta hermanado. Nos ha devuelto el sentido de vecindad y pertenencia a una comunidad que desconocíamos, a pesar de vivir en ella. Loas a la Cordillera de la Costa que con su fraternal geografía nos protegió de la furia oceánica.
Estamos y quedaremos siempre en deuda con quienes fueron y siguen siendo solidarios, tanto de regiones como del extranjero. Hagamos buen uso de las donaciones, ellas no serán eternas. También estamos en deuda con nosotros mismos, con el entorno social, geográfico y cultural. El sismo, con toda su fuerza destructora, transformó en rompecabezas muchas de las obras que nos dejaron nuestros antepasados. Es tarea ineludible rearmarlos. Tenemos el ejemplo de Europa, que a pesar de todas las ruinas y miserias que les dejó de herencia la guerra, fueron capaces de rehacer sobre cimientos desnudos las obras impregnadas de historia.
Nosotros no tenemos tanta Historia, pero si tenemos aprecio por la presencia de algunas obras materiales que nos dan sentido de pertenencia e identidad, en el terruño en que navegan nuestras vidas. No queremos que se transformen en escombros y si así fuera, que a lo menos conserven su diseño. Como tenemos tan poco, no debemos perder lo que por ser escaso es muy valioso. Valoramos el legado recibido y queremos conservarlo para quienes hoy son muy pequeños o aún no han nacido.
Sigue temblando, sin embargo ya no sentimos el temor inicial, hemos aprendido a calcular, sin instrumentos, la magnitud de cada réplica. Surgen nuevos temores. Que las promesas no se cumplan, que la ayuda se extravíe en los laberintos burocráticos, que los proyectos no se materialicen, que las empresas que se adjudiquen los proyectos se declaren en quiebra, que las viviendas provisorias sean para la eternidad, que no se recuperen las fuentes de trabajo, que no se ayude a las verdaderas víctimas y que esta gran tragedia sea magnífica ocasión que beneficie a la siempre oportunista subespecie nacional de los “vivarachis chilensis”.
El digno tributo a nuestras victimas, fallecidas y sobrevivientes, será la responsabilidad, honradez y prontitud con que se enfrente la solución de los problemas. Esta gran tragedia, que fue capaz de acortar la duración de un día, debe ser la circunstancia apropiada para construir días mejores para todos los que compartimos esta larga porción de tierra, a la que le cuesta mucho ser la “copia feliz del Edén”.
En febrero creíamos tener tanto. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que todos volvamos a vivir con dignidad y seguridad?
Ya vendrán días mejores. Siempre y cuando nos desprendamos del egoísmo, la desidia y la codicia.
Ajados pañuelos, empapados de mar y lágrimas, no son capaces de borrar el dolor de quienes perdieron a seres queridos, que fueron devorados por las viviendas que supuestamente los protegían o ahogados por el océano que regalaba peces y paisajes al hermoso litoral. Muchos puertos y balnearios se transformaron en tierra de mártires.
Contrariando nuestro Himno Nacional, el mar no cumplió la promesa de “futuro esplendor” con tantos compatriotas, cuyos nombres jamás lograremos memorizar y que ya sólo significan una cruel cantidad. No son víctimas anónimas, tienen identidad. Un memorial con sus nombres, es lo menos que debiéramos edificar para preservar su memoria y mitigar nuestra angustia.
Personas, edificaciones y lugares siguen heridos. El mar, tantas veces generoso, robó o destruyó viviendas, embarcaciones y fuentes de trabajo. Con esfuerzo y constancia se podrá recuperar algo de lo dañado o perdido. A muchos, ya no les queda suficiente edad futura como para hacer realidad sus esperanzas. Jamás recobrarán las extraviadas fotografías de momentos felices. La mayor bendición es comprobar que aún se vive y que somos parte de la buena fortuna de haber estado o no estado en determinado lugar en el infausto momento.
Somos sobrevivientes. Algunos aún no se han percatado de ello. Otros lo reconocen y expresan: “nos salvamos milagrosamente” o “la sacamos barata”. Se mezcla fe y sentido común, pero también nuestra sobrevivencia es resultado de la acción de muchos hombres y mujeres que en su oportunidad hicieron las cosas bien y con responsabilidad. Bendiciones a las madres que nos enseñaron que la sobrevivencia estaba en los cerros cuando hubiera un temblor fuerte o terremoto. Gratitud a carpinteros y albañiles cuyos muros, cimientos y viviendas resistieron o resultaron con daños leves. Honores a los profesionales que honran sus títulos.
El constructor de mi casa fue don Juan Concha, maestro autodidacta. Hace muchos años que falleció, sin embargo, después de aquella noche aciaga, cuando el despejado amanecer me mostró nuevamente mi hogar, no pude dejar de recordarlo y agradecer su obra que resistió los reiterados embates telúricos.
Ahora tenemos ciudades, puertos y poblados diferentes. Existe un antes y un después del sismo, maremoto y descontrol social. Comienza una nueva etapa. Videos y fotografías pueden testimoniar nuestro rostro perdido que nunca volverá ser igual. En su cinismo desmedido, el sismo nos dejó fachadas intactas y en el interior de las viviendas juntó muros paralelos de Este a Oeste.
Por alguna razón o sinrazón, el cascabeleo terrestre respetó a la mayoría de las casas que cuelgan de los cerros y se ensañó con los bienes colectivos, patrimoniales e industriales. Ya todo viaja al país de la memoria. Las continuas sacudidas extraviaron lápices y papeles. Hemos sido obligados a escribir una historia diferente a la que habíamos agendado para marzo y los meses venideros. El Bicentenario, ya no será una equívoca celebración de Independencia, sino uno más de nuestros tantos hitos sísmicos.
Familia, herencia, trabajo, amores… nos hacen compartir el lugar en que hemos resistido. Que la buena suerte reciba a quienes se han tenido que marchar, en estas inciertas circunstancias. La tragedia nos ha unido y hasta hermanado. Nos ha devuelto el sentido de vecindad y pertenencia a una comunidad que desconocíamos, a pesar de vivir en ella. Loas a la Cordillera de la Costa que con su fraternal geografía nos protegió de la furia oceánica.
Estamos y quedaremos siempre en deuda con quienes fueron y siguen siendo solidarios, tanto de regiones como del extranjero. Hagamos buen uso de las donaciones, ellas no serán eternas. También estamos en deuda con nosotros mismos, con el entorno social, geográfico y cultural. El sismo, con toda su fuerza destructora, transformó en rompecabezas muchas de las obras que nos dejaron nuestros antepasados. Es tarea ineludible rearmarlos. Tenemos el ejemplo de Europa, que a pesar de todas las ruinas y miserias que les dejó de herencia la guerra, fueron capaces de rehacer sobre cimientos desnudos las obras impregnadas de historia.
Nosotros no tenemos tanta Historia, pero si tenemos aprecio por la presencia de algunas obras materiales que nos dan sentido de pertenencia e identidad, en el terruño en que navegan nuestras vidas. No queremos que se transformen en escombros y si así fuera, que a lo menos conserven su diseño. Como tenemos tan poco, no debemos perder lo que por ser escaso es muy valioso. Valoramos el legado recibido y queremos conservarlo para quienes hoy son muy pequeños o aún no han nacido.
Sigue temblando, sin embargo ya no sentimos el temor inicial, hemos aprendido a calcular, sin instrumentos, la magnitud de cada réplica. Surgen nuevos temores. Que las promesas no se cumplan, que la ayuda se extravíe en los laberintos burocráticos, que los proyectos no se materialicen, que las empresas que se adjudiquen los proyectos se declaren en quiebra, que las viviendas provisorias sean para la eternidad, que no se recuperen las fuentes de trabajo, que no se ayude a las verdaderas víctimas y que esta gran tragedia sea magnífica ocasión que beneficie a la siempre oportunista subespecie nacional de los “vivarachis chilensis”.
El digno tributo a nuestras victimas, fallecidas y sobrevivientes, será la responsabilidad, honradez y prontitud con que se enfrente la solución de los problemas. Esta gran tragedia, que fue capaz de acortar la duración de un día, debe ser la circunstancia apropiada para construir días mejores para todos los que compartimos esta larga porción de tierra, a la que le cuesta mucho ser la “copia feliz del Edén”.
En febrero creíamos tener tanto. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que todos volvamos a vivir con dignidad y seguridad?
Ya vendrán días mejores. Siempre y cuando nos desprendamos del egoísmo, la desidia y la codicia.
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